La estafa más legalizada del estado
FPL ha perfeccionado un arte oscuro: cobrarte más por menos y hacerte sentir que no tienes derecho a quejarte, porque literalmente no tienes opción. Es la única compañía que puedes escoger, así que básicamente es como estar atrapada en una relación tóxica donde la otra parte lo sabe… y se aprovecha.
Sus “programas especiales” —que ellos venden como ayudas, beneficios o soluciones— son en realidad trampas disfrazadas, diseñadas para que pagues más, te amarres más tiempo o te metas en un ciclo de cargos que parecen inventados por un villano de caricatura. Yo los llamo “estafas con permisos”, porque eso es lo que parecen: cosas que en cualquier otra industria serían ilegales, pero aquí están bendecidas por el monopolio.
Te ofrecen “planes”, “acuerdos”, “opciones” que suenan lindos, pero cuando lees la letra pequeña descubres que es básicamente:
“Págame más ahora, págame más después, y si no puedes pagar… sorpresa, también te cobro por eso.”
Y lo mejor: como no existe competencia, no puedes decir “me voy con otra compañía”. No. Aquí FPL te mira desde su trono eléctrico y te dice:
“¿No te gusta? Qué pena, igual te toca.”








